Con tanta expectativa y con tanto cariño leo este libro. Lo abrazo para sentirlo latir muy cerca de mi pecho; lo acerco a mi oído para escuchar cómo suena ese mar, para evitar que un fuerte viento arrastre las hojas secas y las aves que sobrevuelan ese cielo de la portada, con el sol descendiendo sobre el horizonte, no como una desaparición inmediata, sino como una lenta aproximación al final.
Luego leo los epígrafes de Remigio Romero y Cordero, Francisco Gabilondo, Carlos Argentino-Ricardo Río y Ernesto Licuona, tan disímiles y juguetones.
Leo este libro con la complicidad de conocer a Sonia Manzano Vela, no solo a través de su literatura, sino también como una mujer inteligente, bellísima y sonriente.
En este libro, la vejez es un territorio literario: el cuerpo envejecido, el deterioro, la enfermedad y la fragilidad. También la dignidad frente a ese deterioro; el asilo como espacio de encierro y convivencia, donde Irene conoce a varios personajes con los que surge el afecto y esa compañía tan necesaria. Nacen amistades como en un viaje, un viaje compartido en el que algunos compañeros de camino, tarde o temprano, deben partir.
Me he reído tanto con ese tono tan suyo que mezcla el humor, la ironía y la crudeza. ¡Qué habilidad la de ella al emplear estos recursos juntos para abordar un tema tan humano! El cuerpo que cambia, la soledad y el abandono, la memoria como refugio y también como carga, la muerte siempre presente, pero también la escritura como resistencia ante ella.
En realidad, son temas serios, dolorosos por demás, pero una buena dosis de humor hace que uno los digiera con deleite y avance por el libro. Me reflejo en Irene para darme una buena carcajada, pero también para preguntarme cuántos años son los que a mí me quedan entre la menopausia y la senilidad. Parece chiste, pero, si quieren, no es chiste. He rumiado tanto sobre estos temas desde mis duelos y mi propia soledad.
Sigo avanzando en la narración. Unas dos páginas antes, intuyo el final. Me detengo; no quiero saberlo. «Soñita, no lo haga, por favor», pienso, pero continúo. Cierro el libro y me quedo unas horas más en ese estado de resonancia.
La novela me sigue vibrando después de terminarla, sobre todo por ese final en el que, luego de tanto gozarla, me quiebro en un llanto que termina por asustar a mi gato, tan carnudo y lanudo como el gato del Alta Gracia.

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