Hay temas muy íntimos que se comparten en esta historia, personajes y situaciones conmovedoras que he vivido de cerca: la pérdida de la memoria, la vejez, el deterioro, la imposibilidad de detener el curso de la vida…
Michka, el personaje, va quedando afásica. Yo viví de cerca la afasia, pero nunca la entendí del modo en que la narra Delphine de Vigan. Estaba viviéndola; era imposible entenderla lejos de los afectos de todo tipo, de los sentimientos encontrados, de la rabia, de la impotencia y del dolor más punzante, que era ir perdiendo a mi padre.
Delphine, ya en otro de sus libros, me llevó a entender un amor a toda prueba, un amor duro: el que ella profesa por su madre, que padece un cuadro de depresión y dependencia.
En Las gratitudes, aunque Michka no tiene hijos, es una mujer maternal que, en algún momento, se hace cargo de Mary, la acompaña, le da cariño, comida, un hogar… Mary se lo agradece y se queda con ella hasta el final, nunca la abandona; esa es la gratitud.
Sobre ese tema gira el libro: saber agradecer a quienes han marcado nuestras vidas. Ella misma, Michka, no cesa de buscar a una familia que la salvó durante la ocupación nazi de Francia cuando era una niña; al final del libro la encuentra, pero al final del libro también muere.
Esta es una novela coral, se desarrolla en un ambiente hospitalario o de casa de cuidado, donde trabaja Jerome, el logopeda, que cumple el rol de intentar ayudar a la paciente a través de juegos del lenguaje. Michka, en su deterioro, pierde el lenguaje.
Pienso que, para las personas cuya herramienta es el lenguaje, como es el caso de Michka, que en su juventud fue correctora de estilo y gran lectora, perderlo significaría un estado terminal del alma misma, pues la palabra construye vínculos, permite decir y nombrar lo necesario.
Mi padre también quedó afásico y confundía, a veces, la palabra gato con gallo. La única palabra que le fue quedando como recurso para defenderse de la enfermedad y de quienes lo atendíamos de un modo intrusivo fue la palabra carajo, que él decía, en todos los tonos posibles, tanto para maldecir como para dulcificar un pedido.
Qué frágil es la existencia, como dice Pessoa en su poema Al volante del Chevrolet: «¡Con cuántas cosas prestadas voy yendo por el mundo! ¡Cuántas cosas que me prestaron conduzco como mías!». Con cuántas deudas silenciosas e invisibles dejamos el mundo, cuánta gente nos tendió la mano cuando lo necesitamos. Yo conté en mis duelos con Marcy y, cuando recuerdo todo el drama de mis pérdidas, ella está presente con su abrazo incondicional, aunque esté ya en otra ciudad.


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