Entre los elementos autobiográficos se sabe que tanto Kincaid como Xuela nacieron en una isla caribeña marcada por el colonialismo británico; ambas exploran una relación conflictiva con la figura materna. Creo que la relación con la madre es algo que los individuos tenemos más o menos enraizado. Qué símbolo tan potente es la madre; qué difícil que, si escribimos literatura —narrativa o poesía—, ese símbolo esté ausente. Lo he encontrado presente en muchos libros.
Kincaid escribe de un modo agudo y desgarrador. Durante la lectura sentí un desgarro en la matriz: una página dura en la que recuerda el aborto de su hermana y el suyo propio. Xuela fue marcada desde su nacimiento por la ausencia de su madre; narra lo vivido a partir de allí: una vida llena de vicisitudes, el abandono del padre, su soledad, las costras de sus heridas, la manera en que se volvió fuerte y se mantuvo muchas veces indemne ante las circunstancias.
El deseo en su personaje Xuela no necesariamente corresponde al amor romántico; el deseo es un modo de ejercer la libertad sobre su propio cuerpo.
También hay páginas memorables que, fruto de la introspección, son verdadera poesía. Hay una que especialmente me gustó: aquella en la que habla de la maternidad:
"...daría a luz hijos, colgarían de mí como frutos de la vid, pero los destruiría con la indiferencia de un dios. Daría a luz hijos a la mañana, los bañaría al mediodía con un agua que brotaría de mí misma, y los comería a la noche, me los tragaría enteros, de golpe. Vivirían y después no vivirían más. En su día de vida, caminaría con ellos hasta el borde del precipicio. No los empujaría, no tendría necesidad de hacerlo; el llamado de placeres inusuales los tentaría desde el vacío; no podrían descansar hasta volverse uno con esos sonidos…"
También conmueve cuando cuenta la historia de las personas que pasaron por su vida, algunas trascendentes y otras insignificantes: su madre, su padre, su madrastra, sus hermanos, el hombre que amó y deseó, la mujer a la que cuidó, el hombre con el que se casó...
Xuela Claudette Richardson tiene setenta años cuando relata esta historia. Al final concluye:
"...este relato de mi vida ha sido un relato de la vida de mi madre tanto como un relato de la mía y, con todo, también un relato de la vida de los niños que no tuve, como es el relato que ellos hacen de mí. En mí está la voz que nunca oí. La cara que nunca vi, el ser del que nací. En mí están las voces que deberían haber salido de mí, las caras que no permití que se formaran, los ojos que nunca dejé que me vieran. Este relato es un relato de la persona que nunca tuvo permiso de ser y un relato de la persona que no me permitió ser."


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