Cuando era niña, mi padre tenía en su biblioteca una antología de poesía ecuatoriana; allí tuve la oportunidad de leer, como en una probana, un par de poemas de Ana María Iza. Los leí al azar porque estaban acompañados de unos pequeños gráficos (cruces, espiral y línea quebrada); era un poema tierno y lúdico.
En el libro de poemas Pedazo de nada (Editorial Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1961), un libro que Ana María escribió a sus veinte años, he hecho algunos hallazgos. El primero es esa forma aguda de mirar la vida, atravesada por una profunda sensibilidad y una voz firme; ya se notaba la gran poeta que seguiría siendo de allí en adelante.
Me gusta el verso de su Nota a mi madre: «Mamá... / ya puedes decir que eres abuela / mi hermana la tristeza tuvo un hijo, / [...] / tiene tu misma sangre, sorbió tu propia vida. / Mamá... mi corazón es el hijo del que hablo.» Es una metáfora bella donde, en un diálogo cómplice, Ana María le confiesa a su madre que su propio corazón dolido es ese "nieto", personificando la tristeza; ¡qué manera de expresar su sufrimiento!, me encanta.
Si este libro fuera una ciudad pequeña, podría yo ir caminando por sus callejones y hallar individuos subyugados, toparme inesperadamente con la realidad, con las casas y lo que dejan entrever sus ventanas, como en el texto que lleva justamente ese nombre, La ventana, y dice:
Habrá guerras feroces;
pero esta vez será la lucha contra el hambre,
el frío de las calles,
el “ya no sé qué hacer”,
¡el hasta cuándo!
Renacerán las rosas degolladas;
y si estamos desnudos no nos dará vergüenza.
Los niños podrán ir a la escuela
con buenos zapatos y sonrisas.
Saldrá una nueva definición del hombre
en el gran diccionario de la vida.
Entrará la paz al universo
en un asno con la mirada limpia.
En fin: todos iremos juntos,
a través del sol y la neblina.
Será oportuno el canto de los pájaros,
al despertar el día
Todo esto yo pensaba en la ventana
y sin ninguna razón,
me mandaron cerrarla.
O ese poema titulado Deseo, que le ofrece a Ileana Espinel. Aquí hay una poeta notable, Ana María, dialogando a través de la poesía con otra poeta ilustre, Ileana.
Aquí está el gesto que caracteriza a la poesía de Ana María, una poesía social, una poesía de la empatía:
Con esta piel azul
que me cubre los sueños,
con esta piel ajena
que se abriga mi cuerpo,
con esta piel que no me deja un rato,
con esta piel azul,
cocida a lágrimas,
quisiera hacer zapatos
para los pies descalzos.
P. D. Lo que no me gustó fue el prólogo de Miguel Ángel Zambrano: siento que resta al infantilizar a la autora cuya lucidez es abrumadora y suaviza el dolor y su compromiso social, pues sus poemas son absolutamente maduros y potentes.

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