También algún día estuve en el amor rabiando con furia, bramando, quedándome y marchándome al mismo tiempo, huyendo y permaneciendo. A veces congelada en el instante de partir, sin atreverme a dar el paso, en un monólogo doloroso... En momentos así, bendita sea la poesía, bendito sea el poema, bendita la palabra.
Estuve leyendo Furia, el libro de poemas de Andrea Rojas Vásquez. Sus seis partes son como piezas de ese mecanismo llamado amor, pero de ese amor descuartizado y listo para el plato del poeta. En la primera, que se llama «Furia», así a secas, el cuerpo aparece como espacio del deseo, la herida que deja el abandono, la memoria.
Dice en distintos momentos de los poemas de esta primera parte: “Ya-te-habrás-desnudado, Ya-me-habrás-desnudado, Ya-me-habré-desnudado”. En ninguno de los tres versos la voz poética está corporalmente presente en el momento de la acción; los tres proyectan el cuerpo hacia un futuro ya consumado. Es algo que ya fue, pero que aún no sana: cuánto tarda en encostrarse / la pequeña herida / que dormita en tu dedo.
O este poema, que copio completo:
Ya-te-habrás-desnudado
ya asestarás enloquecido
tu puño contra todas las ventanas
de nuestra casa sin ventanas,
y destrozada
contra la nomenclatura del viento
cansada
de estar cansada de cansancio²
pensaré que tu mano es mi
mano
y tuyo el latigazo azul
en mis venas,
y es arrastrando
la piedra del cuerpo
que nos examinaremos
entrelazando los pies
bajo el diluvio en la ducha
temblando ambos
bajo una gota que lamerá
como cuchillada finísima.
Luego está «Furia de incendio», en esa misma tónica, escrito con esa furia de quien se va, pero le cuesta. En «Furia de albor», el recuerdo de lo cotidiano aún arde, pero la voz lo contempla desde la distancia con serenidad, despidiéndose: Te amé, me amaste. / Ahora te aman limpia y sosegadamente, / como lo hacía yo al principio. / Yo también duermo a veces con alguien. / Es extraño: aún hay algo que nos une / y al mismo tiempo / hay un vacío.
En «Furia Call me by your name», que es el más corto, quizá sea tanta la punzada del recuerdo que lo termina pronto, este es un dolor agudo.
En «Furia Casa vacía», es ya solamente la despedida de los espacios que habitaron, de los daños que quedaron: Tu cielo es mecerte envuelto en látex / en una habitación con luces de neón, / tu cielo es la transparencia de un vaso de plástico / del que beberán diez varones de pie a la vereda. / Tu cielo es bailar en habitaciones con música de fondo / y pedir que le bajen al ruido para hablar de tu novela. / Mientras la vida duele / y las preguntas arden, / el ibuprofeno / y la sabiduría de Google / son la mejor respuesta.
Y en «Furia Your soul», ya solo son las almas quienes dialogan, no sin dolor. Y es que en las despedidas quizá no duela el cuerpo, pero sí queda lacerada el alma: Estoy cansada de mi voz / que copula con la ternura y la derrota / No quiero volver a este espacio inacabado / donde la realidad es la sombra / que herida por la luz / se contrae.
Un recorrido honesto y desgarrador por las etapas del dolor, un dolor que solo puede arrancarse con la furia del poema, como si el poema fuera una cuchilla.

No hay comentarios:
Publicar un comentario