lunes, 10 de agosto de 2026

Se llamaba David. ¡Se llama Orfeo!

 

 

Ileana Espinel, en Arpa salobre (Ediciones de Poesía de Venezuela, Caracas, 1996), está tan afectada por la muerte de David Ledesma que, sin querer, me estremece también. Quizá ese Poema final es uno de los poemas más conmovedores de la literatura ecuatoriana, inolvidable por lo doloroso; muerde como el agua helada, me deja lívida siempre que lo visito.

Empieza dando una introducción con sus tres poemas rimados: Mar demente, Actitud y Estrofa casi poema, como si fuera tejiendo el duelo con la pulcritud y el esmero del dolor sagrado. Actitud parecería el ademán de empezar: «NADA será después. Cierro la puerta. / Y solamente solitaria sigo». Entonces embiste con el dolor y lo interpela en Soneto para David y Soneto que interroga. No he querido sacar citas sueltas de estos dos poemas; es por ello que los anoto completos, para que no se pierda nada, pero también para que no se me olviden:

SONETO QUE INTERROGA

SOLO podremos olvidarte el día
que perezca la raza del lamento,
que se hiele la faz del sentimiento,
que se agoste en el sol la Poesía.

Sólo podremos olvidarte el día
que se acabe la magia del tormento
inconmovible de tu Amor sediento
y de tu voz anclada en la elegía.

Sólo podremos olvidarte el día
que la muerte nos traiga la alegría
de columpiar tu vértigo dorado...

El día puro, inmarcesible y alto
que el destino construya nuestro salto
a la orilla inmortal que te has ganado.

 

 

SONETO PARA DAVID

«Yo te regalo un muerto…
Solamente recuérdalo
cierta fecha de Octubre…»

DAVID LEDESMA VÁSQUEZ

 Se llamaba David. ¿Mejor no fuera
llamarlo dulce eternidad que llora?
Cegado por la angustia de la hora
gemía el ángel de su gris espera.

Sabio niño fugaz. Su primavera
—que incendiara los barcos de la aurora
en un mar de belleza turbadora—
fue una nocturna y sideral bandera

tremolando en la diestra azul del Canto
y anunciando al ejército del llanto
la rendición final de su apogeo.

Y era su lira como salto de agua
que en las cimas purísimas se fragua.
Se llamaba David. ¡Se llama Orfeo!

Y entonces este ejercicio de intercalar, como en el oleaje contrito de la pérdida: el recuerdo, la ausencia, el olvido momentáneo, nuevamente el recuerdo, el dolor, la calma, otra vez el recuerdo y, finalmente, una nueva ausencia. En ese movimiento aparecen estos versos del poema Soneto del imposible olvido: «¿EN cuál región inhóspita me entrega / la sombra errante su fulgor herido? / ¿En este corazón enlutecido / o en este mar de la pupila ciega?», o, en la Elegía inmutable: «TODO es gris como entonces, aunque tú ya no cantes / ni el espejo devuelva tu cuello cercenado».

En los pocos momentos en que este duelo logra el olvido momentáneo o la calma, se hacen presentes sus poemas en homenaje a César Vallejo y a Mercedes Arzube de Roca, la pianista porteña, y otros textos que hablan de soledad, de desamparo, de muerte…

Ileana Espinel Cedeño y David Ledesma Vásquez fueron muy unidos, muy amigos, compañeros del Club 7. Y se conoce que, tras la muerte de Ledesma, en el año de 1961, Ileana contribuyó a la preservación de su obra, hasta el punto de estar a cargo de la edición póstuma de David Ledesma, el niño azul, al que nadie pudo convencer de la inútil premura del suicida.

 

No hay comentarios: