martes, 4 de agosto de 2026

Ola tranquila, abrazo leve

 

Esta lectura me hizo recordar mi adolescencia, cuando casi me era imposible salir porque mis papás tenían un miedo casi patológico de que me ocurriera algo. A pesar de ello, asistí, en calidad de aprendiz de catequista, a un campamento de monitores en la Iglesia católica. Mi madre era católica por tradición e intentó transmitirme esa fe.

En esas reuniones me sentí atraída por un chico mayor que yo, quien también quedó cautivado por mi presencia. Fue algo bonito hasta que me declaró su amor y yo, por el puro temor que me producía, terminé diciéndole que no. Aun así, seguíamos viéndonos y, en un momento en que conversábamos fuera de mi casa, un furgón de pasajeros salió volando desde la carretera de enfrente y estuvo a punto de caer sobre nosotros. Nos salvamos por un pelo de morir. Lo más hermoso fue que, al ver que el vehículo venía hacia nosotros, en lugar de correr, nos abrazamos y nos quedamos completamente quietos como esperando el golpe.

Nunca fuimos novios, aunque yo lo quería y él también. La historia es mejor dejarla allí, porque, al cabo de algunos años, volvimos a encontrarnos y su personalidad había cambiado. Ya no era precisamente una persona confiable, ni alguien con quien me habría gustado construir un futuro. Algo se había truncado en su alma y en su vida.

Del mismo modo, me acordé de un chico de mi colegio bastante inteligente. Digo inteligente porque sabía física y matemáticas más que los demás e ingresó a la Politécnica. A mí su inteligencia me causaba admiración; además, era tan nerd como yo, aunque yo en el lenguaje y en las lecturas. Creo que también lo quise, inmerecidamente, pero lo quise, porque supe, décadas después, que él me despreciaba profundamente y hablaba cosas horrorosas de lo que yo creí que había sido una historia linda. No sabía que alguien pudiera odiarme tanto. Nunca creí haber hecho daño al acercarme, sobre todo porque después todo terminó con su ingreso a la Politécnica mientras yo continuaba en el colegio. Luego ingresé a Medicina y jamás volvimos a entablar amistad. Y fue mejor así, porque, con tanta aversión como hablaba de mí, quizá yo habría estado en peligro.

Pero así se viven los primeros amores: con transparencia, sin mácula, sin precipitarse, porque el tiempo es generoso y mágico, como en el libro de Banana Yoshimoto; sin un futuro, porque en el futuro las personas cambian y, a veces, lo hacen para mal.

Recuerdo esos dos viejos amores intentando rescatar la emoción que alguna vez despertaron, aunque el tiempo terminó por borrar casi toda su magia.

Prefiero pensar en los amores que jamás se concretaron, que se quedaron allí, detenidos en el tiempo y por esa razón, vivos. Recuerdo a ese niño, Miguel Ángel, de la primaria, con quien me tocó bailar La cuchara de palo. Era un niño hermoso, de mejillas rosadas y cabello negrísimo. También pienso en Juan Carlos, mi amor actual: ola tranquila, abrazo leve…

El personaje de Banana, Yuko es una chica de catorce años que en la historia tiene una voz de adulta, una madurez y una lucidez que pocas veces son propias de una adolescente, aunque hay excepciones. A veces, cuando converso con B., mi pequeño, aprendo cosas sobre la vida del mismo modo que con Yuko he aprendido en esta lectura.

Ambos, Y. y B., poseen una sensibilidad especial y poco común que les permite ver cosas que otros no ven, captar energías y adivinar los deseos o los pensamientos de las personas que los rodean, ser empáticos y amables.

 

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