lunes, 24 de agosto de 2026

Un triste café negro

 

Estuve esperando que devolvieran este libro a la biblioteca para traerlo. Lo esperé por un mes, creo que más. Durante este tiempo me he traído otros libros a casa; sin embargo, siempre que iba a la biblioteca lo echaba en falta, me quedaba pendiente de su presencia como si ya lo conociera. Y, de hecho, podría decirse que lo conocía porque hace unos años vi una película basada en él.

Mientras lo regresaban, leí Salvo mi corazón, todo está bien y Ahora y en la hora, y estuve a punto de traer otro más del mismo autor. Pero, al fin, el jueves lo hallé en la estantería y, aunque yo estaba con otra lectura, tuve que apresurarla para iniciar El olvido que seremos.

¡Dios! Descubro, mientras camino por las páginas de este libro, cuánto aún me duele mi padre, pues este libro habla mucho de eso, de un padre cercano, cariñoso y entrañable, como lo era el mío.

Héctor Abad Faciolince publica este libro en 2006; el asesinato de su padre, Héctor Abad Gómez, ocurre el 25 de agosto de 1987: son diecinueve años sin poder enfrentarse al dolor. En una de sus páginas, Héctor cuenta el día en que su padre fue asesinado: “En ese momento no puedo llorar. Siento una tristeza seca, sin lágrimas. Una tristeza completa, pero anonadada, incrédula. Ahora que lo escribo soy capaz de llorar, pero en ese momento me invadía una sensación de estupor. Un asombro casi sereno ante el tamaño de la maldad, una rabia sin rabia, un llanto sin lágrimas, un dolor interior que no parece conmovido sino paralizado, una quieta inquietud”.

“Estoy a punto de derrumbarme, pero no me voy a dejar derrumbar. ¡Hijueputas!, grito, es lo único que grito, ¡hijueputas! Y todavía por dentro, todos los días, les grito lo mismo, lo que son, lo que fueron, lo que siguen siendo si están vivos: ¡Hijueputas!”.

Héctor Abad Gómez fue un médico salubrista y académico colombiano. Nació en Jericó, Antioquia, y desarrolló buena parte de su trayectoria en la Universidad de Antioquia. Su trabajo fue fundamental para el desarrollo de la salud pública en Colombia. Su hijo guarda su memoria en este libro.

Este médico, tan amoroso en su círculo familiar, era también un hombre comprometido con la salud, la justicia social y los derechos humanos: un idealista.

Era un profesional que buscaba intervenir sobre las causas sociales que incidían en los problemas de salud de su pueblo. Un hombre liberal y progresista; no era un militante de izquierda, aunque, por sus ideas, se fue tornando en una figura molesta para los grupos de extrema derecha que actuaban en Colombia. Por ello comenzaron a perseguirlo hasta acabar con su vida.

Este hombre, que también ejerció como maestro universitario, convirtió la cátedra en un espacio de reflexión sobre la desigualdad, la pobreza y las condiciones de vida de los sectores más vulnerables: un docente que se negaba a guardar silencio frente a la injusticia. Y cuya lucha también era una forma de cátedra.

Un libro escrito con ternura, con gozo, con gratitud, con amor y con orgullo. Un libro escrito para dar testimonio, pero también para recuperar, de algún modo, al padre.

En estas 274 páginas, el eje es el recuerdo: conservar a quienes amamos a través de sus historias, sus gestos, sus anécdotas.

Amé de modo especial la carta que cita Héctor Abad Faciolince, la que le escribe su padre en 1984, como respuesta a la carta en la que él le cuenta que está deprimido y que quiere dejar la carrera y volver a casa.

¡Con cuánta bondad y con cuánta fe en su hijo le responde! ¡Qué abrazo más bello es esa carta, qué abrazo más sublime es el abrazo de un padre!

Y también, como Abad Faciolince, pongo el Réquiem de Brahms en la computadora, me tomo un triste café negro y me abrazo sola al recuerdo adorable de mi padre.


domingo, 23 de agosto de 2026

"Quisiera hoy ser feliz de buena gana"

 

Quisiera hoy ser feliz de buena gana - Cruz, Marcelo

Conozco a Marcelo Cruz porque estudiamos en la misma facultad, aunque con algunos años de diferencia. Con las personas de mi facultad suelo sentirme unida, quizá por eso de la memoria colectiva, siento que las conozco de toda la vida, y eso quizá se deba también a la identidad del espacio universitario que aunque en distintos momentos, cohabitamos.

Hace unos días le escribí para solicitarle un espacio para una entrevista en su programa cultural El galpón de los cuentos vivientes, pues estamos promocionando el libro que tradujo Juan Carlos del latín al español y que presentará ya en estos días. Apenas le escribí a Marcelo, me respondió con una invitación a la presentación de su libro Quisiera hoy ser feliz de buena gana, en la cafetería Tres Gatos.

Con ese título me acordé del poema de César Vallejo: "Quisiera hoy ser feliz de buena gana, / ser feliz y portarme frondoso de preguntas, / abrir por temperamento de par en par mi cuarto, como loco…"

Al abrir el libro de Marcelo, hallo de par en par la puerta abierta y paso. Se me antoja un diario personal y, en efecto, veo que menciona entre sus lecturas a Alberto Giordano, quien define el diario como una escritura de lo íntimo y lo cotidiano, un espacio donde se entrecruzan los libros, los amigos, los recuerdos familiares, los estudios y los estados de ánimo. En el caso de Marcelo, aparecen también sus años de estudio, su época en el diplomado, sus lecturas, sus relaciones y sus observaciones sobre la vida.

Marcelo escribe este libro con el corazón al desnudo, desde su memoria y sus lecturas. Recuerda, selecciona, vuelve sobre lo vivido y se pregunta: “La memoria es un cementerio de recuerdos, en dicho caso soy el sepulturero. ¿Por qué elijo unos recuerdos y excluyo otros? ¿O por qué elijo ciertos textos o autores sobre otros?”. Luego, como si una pregunta llevara inevitablemente a otra, vuelve a interrogarse: “¿Literatura o enfermedad?”.

Este libro está lleno de preguntas ante las cuales Marcelo ensaya respuestas, pero las respuestas no son más que puertas hacia otras interrogantes. Él mismo lo menciona y dice que quizá por ello optó por el periodismo como carrera. Hay en él una necesidad de preguntar, de mirar otra vez, de intentar comprender. Tal vez escribir sea también eso de no cerrar las preguntas, sino aprender a vivir dentro de ellas.

Testimonia desde su propia existencia, el yo que escribe no es idéntico a la persona real, es, más bien, una imagen de sí mismo que se va construyendo en la escritura, un yo que se repite y se contradice, que hoy piensa de una manera y mañana de otra. En este diario las contradicciones permanecen sin intentar resolverlas.

Al final entiendo el título del verso de Vallejo “Quisiera hoy ser feliz de buena gana” como una afirmación de felicidad o como el deseo de abrir de par en par el cuarto y dejar entrar la vida, con sus recuerdos, sus preguntas, sus insomnios y sus abismos.

 

jueves, 20 de agosto de 2026

Sedimentos de una avalancha



Hoy, hace unas horas, hubo un terremoto en Ayacucho. Me pregunto si en algún momento un terremoto afectará también a esta ciudad en la que vivo. Espero que no, aunque hemos arruinado tanto la naturaleza que estos desajustes son solamente respuestas a nuestra violencia. Hablo de esto porque en el título del libro que ahora leo encuentro la palabra “avalancha”. Quiero imaginarme cómo es una, qué tan rápido se mueve, qué materiales contiene.

Veo que el diccionario de la RAE define avalancha como una gran masa de una materia (usualmente nieve, hielo o rocas) que se desprende de un monte o vertiente y se precipita con violencia.

¿Qué mismo contiene entonces esta avalancha, La mañana zombi en avalancha, como se titula el libro de Vinicio Manotoa Benavides?

Encuentro que baja a mi mesa de lectura una avalancha de nombres de autores, como una genealogía para mostrar quizá cómo nacieron sus poemas a través de su oficio de lector incansable, de autores varios y disímiles. Llegan también, en avalancha, las formas posibles de hacer poesía. Son veinticuatro poemas largos, entre los que están:

"José Ángel Valente — "Valente contra sí mismo"; Augusto Monterroso — "Amor de Monterroso"; John Ashbery — "Ashbery"; Leonard Cohen — "Cohen"; Jack Kerouac — "Kerouac"; Mark Strand — "Strand"; Wisława Szymborska — "Aullido de Szymborska"; Paul Celan — "Celan en trayectoria"; Jaime Saenz — "Elegía a Jaime Saenz"; Ryszard Krynicki — "Ryszard Krynick o la vaca"; Bohdan Zadura — "Bohdan Zadura"; Piotr Sommer — "Piotr Sommer"; Andrzej Sosnowski — "Andrzej Sosnowski"; Marcin Świetlicki — "Marcin Swietlicki"; Marcin Sendecki — "Marcin Sendecki"; Harold Pinter — "Balada a Harold Pinter"; Wallace Stevens — "Wallace Stevens"; Juan de Dios Martínez — "Juan de Dios Martínez"; y Brian Dedora — "Lorcation, de Brian Dedora".

Además, hay cinco títulos que no corresponden a autores: "Especulaciones sobre la palabra poema (Fragmentos)", con un epígrafe de Carlos Drummond de Andrade; "Motocicleta", con el subtítulo "(o Hugo Mayo perdido en un cuarto anónimo de Guayaquil)"; "Paréntesis", con un epígrafe de Stéphane Mallarmé; "El mundo no se acaba", subtitulado "(Relectura de un libro de Charles Simic)"; y "Percusión", con el subtítulo "(o Eduardo Espina en una alambrada de púas)".

Es decir, una verdadera avalancha de lecturas en las que destacan la ruptura y el absurdo, como en Monterroso y Szymborska; la ciudad y la marginalidad, como en Kerouac y Cohen; los poetas polacos experimentales, como Krynicki, Zadura, Sommer, Sosnowski, Świetlicki y Sendecki; y la ruptura ecuatoriana, representada por Mayo y Juan de Dios Martínez. Hay también varios guiños entre los textos a otros autores, como Pedro Gil y Franz Kafka…

En medio de esta avalancha quedan sedimentos y materiales atrapados en mi memoria. Estos versos de "Especulaciones sobre la palabra poema", por ejemplo, son algunos de ellos:

 

“Como todo animal epistolario, el poema tiene muchas caras.

Poliedro salvaje que pocos han conseguido domar y que ha

tirado a cientos mientras despotrica.

No es caballo o erizo o medusa o petirrojo o iguana o pulpo

u odradek. La única forma que medianamente registra su

movimiento es el ouroboros.”

 

“No todo poema nos dice algo de la literatura y no toda

literatura se refugia en el poema. Se trata de una transacción

de negocios a carta cabal: un juego de suerte.”

 

“[Como si estuviera vivo, el poema es un protozoo mecánico

que no conoce la palabra extinción.]”

 

martes, 18 de agosto de 2026

Humor, ironía y crudeza

Una de las grandes voces de la literatura ecuatoriana regresa con una nueva  novela. Con la profundidad, la inteligencia y la delicadeza que distinguen  su escritura, Sonia Manzano Vela nos entrega Viento 

Con tanta expectativa y con tanto cariño leo este libro. Lo abrazo para sentirlo latir muy cerca de mi pecho; lo acerco a mi oído para escuchar cómo suena ese mar, para evitar que un fuerte viento arrastre las hojas secas y las aves que sobrevuelan ese cielo de la portada, con el sol descendiendo sobre el horizonte, no como una desaparición inmediata, sino como una lenta aproximación al final.

Luego leo los epígrafes de Remigio Romero y Cordero, Francisco Gabilondo, Carlos Argentino-Ricardo Río y Ernesto Licuona, tan disímiles y juguetones.

Leo este libro con la complicidad de conocer a Sonia Manzano Vela, no solo a través de su literatura, sino también como una mujer inteligente, bellísima y sonriente.

En este libro, la vejez es un territorio literario: el cuerpo envejecido, el deterioro, la enfermedad y la fragilidad. También la dignidad frente a ese deterioro; el asilo como espacio de encierro y convivencia, donde Irene conoce a varios personajes con los que surge el afecto y esa compañía tan necesaria. Nacen amistades como en un viaje, un viaje compartido en el que algunos compañeros de camino, tarde o temprano, deben partir.

Me he reído tanto con ese tono tan suyo que mezcla el humor, la ironía y la crudeza. ¡Qué habilidad la de ella al emplear estos recursos juntos para abordar un tema tan humano! El cuerpo que cambia, la soledad y el abandono, la memoria como refugio y también como carga, la muerte siempre presente, pero también la escritura como resistencia ante ella.

En realidad, son temas serios, dolorosos por demás, pero una buena dosis de humor hace que uno los digiera con deleite y avance por el libro. Me reflejo en Irene para darme una buena carcajada, pero también para preguntarme cuántos años son los que a mí me quedan entre la menopausia y la senilidad. Parece chiste, pero, si quieren, no es chiste. He rumiado tanto sobre estos temas desde mis duelos y mi propia soledad.

Sigo avanzando en la narración. Unas dos páginas antes, intuyo el final. Me detengo; no quiero saberlo. «Soñita, no lo haga, por favor», pienso, pero continúo. Cierro el libro y me quedo unas horas más en ese estado de resonancia.

La novela me sigue vibrando después de terminarla, sobre todo por ese final en el que, luego de tanto gozarla, me quiebro en un llanto que termina por asustar a mi gato, tan carnudo y lanudo como el gato del Alta Gracia.

domingo, 16 de agosto de 2026

"Nuestra piel muerta"

 

Escucho cómo la aguja araña el vinilo, hace tanto tiempo lo escuchaba en vivo cuando mi padre ponía los discos en la radiola. Hace tiempo y me niego a dejarlo morir.

La semana anterior, luego de descansar de la narrativa, me quedé con una sed extraña. Estaba en búsqueda de un libro de horror corporal. Luis, el bibliotecario, se apresuró a darme un libro de una autora que mencionó que le encanta. Era el libro Nuestra piel muerta, de Natalia García Freire.

Como Sonia, también de la biblioteca, sabe o intuye que me gusta el tema de la madre y del padre, me decía que en este libro se habla del padre. Y ya, con mucha expectación, me lo traje a la casa. Lo primero que me estremeció es la portada, en la que una araña está colocada sobre la espalda de una persona y varias manos parecen estar manipulándola. Me quedé inquieta con esa imagen, pues pienso que, así como la aguja del tocadiscos que araña la superficie del disco, así esta lectura iba a escarbar en mi piel. Además tengo un miedo patológico a los insectos.

Y, por supuesto, Nuestra piel muerta es un libro que bien podría no ser prosa narrativa, sino poética.

Lucas es el protagonista y narrador que reconstruye la historia de su infancia. Su voz se la siente como si te murmurara al oído su culpa y sus miedos. Miguel, su padre, está muerto, pero Lucas continúa hablándole, aunque esté muerto y enterrado en el jardín de la casa familiar. Le reprocha su proceder, esa autoridad tan extraña, tan impregnada y tan incompatible con su debilidad de carácter.

En este libro hay una relación escritura-casa-cuerpo. Una casa que ha sido tomada por personas ajenas, expropiada. Y esas personas no solo se adueñan de ella, sino que maltratan a Lucas, lo humillan y lo someten a trabajos duros.

Por último, hay una habitación-calabozo donde su madre es encerrada por un problema mental. Ella era quien cuidaba de los jardines con abnegación y, desde su ausencia, estos lucen tan llenos de insectos. La relación con los insectos a lo largo de la historia es perturbadora.

Imagino aquí a la muerte como una criatura lenta, arrastrándose sobre los objetos y los seres que nos negamos a dejar morir. En este punto me identifico con el protagonista: él y yo todo el tiempo resucitamos a nuestros muertos para pedirles cuentas, aunque su piel ya esté bien muerta y nosotros insistamos, con cierto morbo de criaturas huérfanas, en hacerla respirar.


jueves, 13 de agosto de 2026

Un viaje psicodélico

 

Ceniza De Rinoceronte | Cuotas sin interés 


Fui a la biblioteca; en estos días harán un conversatorio con el poeta Agustín Guambo y, a propósito de eso, su libro Ceniza de rinoceronte estaba tan a la mano. "Me lo llevo", dije, y me pasé el día entero leyéndolo. Esta poesía es de otro nivel, pienso.

Al leer su título allí, en la biblioteca, imaginé un cuenco lleno de cenizas de animales sagrados que, al combustionar, te vuelan; imaginé las plantas de poder capaces de llevarte hacia lo mágico del mundo andino.

Este libro es eso: un viaje hacia otro tiempo y espacio, caminando por pequeñísimos filamentos vibrantes de diez dimensiones o más.

Me adentro en él, no sin temor; me adentro en esta experiencia psicodélica en la que la voz poética va hacia el futuro sin abandonar lo ancestral ni el bagaje fundamental de su historia: su padre y su madre.

Anoto este poema:

En el poema «[.iii.]» de Ceniza de rinoceronte, Guambo (2025) escribe:

[.iii.]

a madre y padre
y el posfuturo de sus sangres

when tomorrow
tomorrow comes today
Gorillaz

la noche revienta sobre los cráneos de las flores la lluvia reposa en la caverna del cielo ¿escuchas? es la propagación del huracán atiborrado de nuestras almas ¡escucha el llamado de los andes! Yarukí y Punín donde madre danzó en medio de arcilla salobre [sombras vegetales que creciéndole íntimamente en el cráneo extraviaron la brújula de sus pesadillas y la destrozaron en medio del frío y la intemperie de una ciudad ajena a su sangre] mirando a su padre descender al sol del alcohol e inflamarse hasta blanquear su esqueleto... (p. 41)

Y en medio de esa travesía sobresaltada de imágenes, siento que todo se vuelve inestable: el cuerpo, la escritura, las palabras. Se transforman, se mezclan, se hibridan, se mestizan.

Hay que beber de este libro y hacerlo despacio, para poder gozar de todo lo que nos ofrece.