Estuve esperando que devolvieran este libro a la biblioteca para traerlo. Lo esperé por un mes, creo que más. Durante este tiempo me he traído otros libros a casa; sin embargo, siempre que iba a la biblioteca lo echaba en falta, me quedaba pendiente de su presencia como si ya lo conociera. Y, de hecho, podría decirse que lo conocía porque hace unos años vi una película basada en él.
Mientras lo regresaban, leí Salvo mi corazón, todo está bien y Ahora y en la hora, y estuve a punto de traer otro más del mismo autor. Pero, al fin, el jueves lo hallé en la estantería y, aunque yo estaba con otra lectura, tuve que apresurarla para iniciar El olvido que seremos.
¡Dios! Descubro, mientras camino por las páginas de este libro, cuánto aún me duele mi padre, pues este libro habla mucho de eso, de un padre cercano, cariñoso y entrañable, como lo era el mío.
Héctor Abad Faciolince publica este libro en 2006; el asesinato de su padre, Héctor Abad Gómez, ocurre el 25 de agosto de 1987: son diecinueve años sin poder enfrentarse al dolor. En una de sus páginas, Héctor cuenta el día en que su padre fue asesinado: “En ese momento no puedo llorar. Siento una tristeza seca, sin lágrimas. Una tristeza completa, pero anonadada, incrédula. Ahora que lo escribo soy capaz de llorar, pero en ese momento me invadía una sensación de estupor. Un asombro casi sereno ante el tamaño de la maldad, una rabia sin rabia, un llanto sin lágrimas, un dolor interior que no parece conmovido sino paralizado, una quieta inquietud”.
“Estoy a punto de derrumbarme, pero no me voy a dejar derrumbar. ¡Hijueputas!, grito, es lo único que grito, ¡hijueputas! Y todavía por dentro, todos los días, les grito lo mismo, lo que son, lo que fueron, lo que siguen siendo si están vivos: ¡Hijueputas!”.
Héctor Abad Gómez fue un médico salubrista y académico colombiano. Nació en Jericó, Antioquia, y desarrolló buena parte de su trayectoria en la Universidad de Antioquia. Su trabajo fue fundamental para el desarrollo de la salud pública en Colombia. Su hijo guarda su memoria en este libro.
Este médico, tan amoroso en su círculo familiar, era también un hombre comprometido con la salud, la justicia social y los derechos humanos: un idealista.
Era un profesional que buscaba intervenir sobre las causas sociales que incidían en los problemas de salud de su pueblo. Un hombre liberal y progresista; no era un militante de izquierda, aunque, por sus ideas, se fue tornando en una figura molesta para los grupos de extrema derecha que actuaban en Colombia. Por ello comenzaron a perseguirlo hasta acabar con su vida.
Este hombre, que también ejerció como maestro universitario, convirtió la cátedra en un espacio de reflexión sobre la desigualdad, la pobreza y las condiciones de vida de los sectores más vulnerables: un docente que se negaba a guardar silencio frente a la injusticia. Y cuya lucha también era una forma de cátedra.
Un libro escrito con ternura, con gozo, con gratitud, con amor y con orgullo. Un libro escrito para dar testimonio, pero también para recuperar, de algún modo, al padre.
En estas 274 páginas, el eje es el recuerdo: conservar a quienes amamos a través de sus historias, sus gestos, sus anécdotas.
Amé de modo especial la carta que cita Héctor Abad Faciolince, la que le escribe su padre en 1984, como respuesta a la carta en la que él le cuenta que está deprimido y que quiere dejar la carrera y volver a casa.
¡Con cuánta bondad y con cuánta fe en su hijo le responde! ¡Qué abrazo más bello es esa carta, qué abrazo más sublime es el abrazo de un padre!
Y también, como Abad Faciolince, pongo el Réquiem de Brahms en la computadora, me tomo un triste café negro y me abrazo sola al recuerdo adorable de mi padre.




