lunes, 31 de agosto de 2026

"Lugares que no existen en las guías turísticas" de Gabriela Vargas Aguirre.

 

Lugares Que No Existen En Las Guías Turísticas de Gabriela Vargas Aguirre 978-84-18082-89-4

 

Lo leo, lo vuelvo a leer, quiero entender bien por dónde es que aparece la poeta y me asesta el golpe.

Todas las veces que lo he leído ocurre que no la veo venir y me encaja un gancho en pleno rostro, pero regreso, porque siento que hay cosas que con cada golpe se me caen y las debo recoger.

Estoy leyendo Lugares que no existen en las guías turísticas, de Gabriela Vargas Aguirre, poemario ganador del II Premio Internacional de Poesía Vicente Huidobro en 2020.

En la primera sección, que se denomina "Antipostales", siento que me vuelvo parte de un lugar donde el dolor cobra vida como si de un personaje se tratara y dialogara con la memoria. De todo este libro, es la sección más entrañable; pienso que si esta obra fuese una ciudad, este sería el purgatorio en el que, por fatalidad, me quedaría a vivir.

Cito versos que me conmovieron y que me seguirán conmoviendo:

 

"Mi única casa era mi memoria y lentamente va quedándose vacía."

 

O cuando se establece en pleno poema este diálogo:

 

"—¿Podemos tener un perro?

—Sí, pero solo si duerme afuera y nunca hace ruido.

Entonces para ensayar pusiste una cadena en mi cuello y me sacaste a orinar."

 

O este que lo transcribo completo para poder leerlo seguido, pues mañana devolveré el libro a la biblioteca. Ojalá este libro no tuviera que regresar jamás a la biblioteca:

 

"38 QUE NO JUEGA EN UN TABLERO DE AJEDREZ"

 

Una ventana que da a una pared no es una ventana.

Tiene que verse el cielo, tiene que entrar el ruido

de los hombres que pelean en la calle.

Entonces blanco:

fósforos quemados ganan una batalla.

Los amarillos están decapitados.

Los quemados están solamente rotos.

Entonces negro:

el vacío de un frigorífico no es culpa del frío,

es consecuencia del hambre.

Entonces blanco:

un pájaro no descansa si se expone al sol,

un hueso de pájaro no crece en media botella de tierra.

Entonces negro:

un mantel tapa una ventana,

un colchón y sus manchas te declaran “CULPABLE”.

Entonces blanco:

a las 4 a.m. un barco alerta sobre el saqueo de la memoria.

Entonces negro:

el barco quiere jugar y tiene ojos verdes.

Entonces blanco:

un poeta habita en las paredes y consume litros de blanco nieve.

Entonces negro:

dos hombres tienen un cadáver de bebé elefante junto al basurero,

se dice que se lo comerán en algún asado.

Entonces blanco:

canción por mate, eso se llama democracia.

(Aunque si me preguntan, me vale cualquier revolución).

Entonces negro:

la hermandad no existe.

Entonces blanco:

todo lo que se come y se bebe está custodiado

por años de manchas que cuentan una historia.

Entonces blanco y negro:

una ventana que da a una pared no es una ventana

tiene que oírse,

tiene que verse

a un hombre que gana la batalla en su silla de ruedas.

 

miércoles, 26 de agosto de 2026

"August" de Christa Wolf

August - Libros del Asteroide 

El otro día solicité en la Biblioteca Aurelio Espinosa Pólit un libro de poesía. Me dio gusto saber que yo era la primera persona que lo había pedido: la tarjeta del libro estaba vacía y sus páginas estaban aún sin cortar. A la par, en mi casa, estaba leyendo un libro corto que tenía duplicadas algunas páginas. Pensé en estos dos ejemplares singulares como niños caprichosos.

Luego pensé en sus dedicatorias: ¿a quién dedicaría yo un libro si ya tuviera que despedirme de la vida? ¿A quién le pediría que lo conserve? ¿Y si sale caprichoso, quién lo cuidaría, quién cortaría sus páginas intonsas con un abrecartas?

Del libro de poesía ya escribiré en otro momento; hoy escribiré del libro corto. Este es un relato póstumo de Christa Wolf, se titula August y se lo dedica a su esposo, Gerhard Wolf. ¡Qué maravilla, qué lindo regalo de amor!, sobre todo por su historia conmovedora, que nos habla de aquellos recuerdos cuya duración no tiene ninguna relación con la huella que dejan.

August, el personaje de este libro, es un niño de ocho años que ha perdido a su familia durante la Segunda Guerra Mundial y es internado en un castillo que fue convertido en sanatorio para enfermos de tuberculosis. Allí conoce a Lilo, una muchacha de diecisiete años, de la que se hace amigo y quien cobrará gran importancia para su vida, pues, aunque en algún momento se separan, su recuerdo perdurará para siempre. Hay recuerdos como estos en la vida de una persona que valen una existencia entera.

August adulto se regocija en este recuerdo mientras conduce un autobús. El recorrido se convierte en un detonante que lo hace volver mentalmente al sanatorio y paladear sus recuerdos.

Pues, mientras conduce el vehículo en el presente, el viaje que August realiza lo hace en su mente hacia el pasado.

lunes, 24 de agosto de 2026

Un triste café negro

 

Estuve esperando que devolvieran este libro a la biblioteca para traerlo. Lo esperé por un mes, creo que más. Durante este tiempo me he traído otros libros a casa; sin embargo, siempre que iba a la biblioteca lo echaba en falta, me quedaba pendiente de su presencia como si ya lo conociera. Y, de hecho, podría decirse que lo conocía porque hace unos años vi una película basada en él.

Mientras lo regresaban, leí Salvo mi corazón, todo está bien y Ahora y en la hora, y estuve a punto de traer otro más del mismo autor. Pero, al fin, el jueves lo hallé en la estantería y, aunque yo estaba con otra lectura, tuve que apresurarla para iniciar El olvido que seremos.

¡Dios! Descubro, mientras camino por las páginas de este libro, cuánto aún me duele mi padre, pues este libro habla mucho de eso, de un padre cercano, cariñoso y entrañable, como lo era el mío.

Héctor Abad Faciolince publica este libro en 2006; el asesinato de su padre, Héctor Abad Gómez, ocurre el 25 de agosto de 1987: son diecinueve años sin poder enfrentarse al dolor. En una de sus páginas, Héctor cuenta el día en que su padre fue asesinado: “En ese momento no puedo llorar. Siento una tristeza seca, sin lágrimas. Una tristeza completa, pero anonadada, incrédula. Ahora que lo escribo soy capaz de llorar, pero en ese momento me invadía una sensación de estupor. Un asombro casi sereno ante el tamaño de la maldad, una rabia sin rabia, un llanto sin lágrimas, un dolor interior que no parece conmovido sino paralizado, una quieta inquietud”.

“Estoy a punto de derrumbarme, pero no me voy a dejar derrumbar. ¡Hijueputas!, grito, es lo único que grito, ¡hijueputas! Y todavía por dentro, todos los días, les grito lo mismo, lo que son, lo que fueron, lo que siguen siendo si están vivos: ¡Hijueputas!”.

Héctor Abad Gómez fue un médico salubrista y académico colombiano. Nació en Jericó, Antioquia, y desarrolló buena parte de su trayectoria en la Universidad de Antioquia. Su trabajo fue fundamental para el desarrollo de la salud pública en Colombia. Su hijo guarda su memoria en este libro.

Este médico, tan amoroso en su círculo familiar, era también un hombre comprometido con la salud, la justicia social y los derechos humanos: un idealista.

Era un profesional que buscaba intervenir sobre las causas sociales que incidían en los problemas de salud de su pueblo. Un hombre liberal y progresista; no era un militante de izquierda, aunque, por sus ideas, se fue tornando en una figura molesta para los grupos de extrema derecha que actuaban en Colombia. Por ello comenzaron a perseguirlo hasta acabar con su vida.

Este hombre, que también ejerció como maestro universitario, convirtió la cátedra en un espacio de reflexión sobre la desigualdad, la pobreza y las condiciones de vida de los sectores más vulnerables: un docente que se negaba a guardar silencio frente a la injusticia. Y cuya lucha también era una forma de cátedra.

Un libro escrito con ternura, con gozo, con gratitud, con amor y con orgullo. Un libro escrito para dar testimonio, pero también para recuperar, de algún modo, al padre.

En estas 274 páginas, el eje es el recuerdo: conservar a quienes amamos a través de sus historias, sus gestos, sus anécdotas.

Amé de modo especial la carta que cita Héctor Abad Faciolince, la que le escribe su padre en 1984, como respuesta a la carta en la que él le cuenta que está deprimido y que quiere dejar la carrera y volver a casa.

¡Con cuánta bondad y con cuánta fe en su hijo le responde! ¡Qué abrazo más bello es esa carta, qué abrazo más sublime es el abrazo de un padre!

Y también, como Abad Faciolince, pongo el Réquiem de Brahms en la computadora, me tomo un triste café negro y me abrazo sola al recuerdo adorable de mi padre.


domingo, 23 de agosto de 2026

"Quisiera hoy ser feliz de buena gana"

 

Quisiera hoy ser feliz de buena gana - Cruz, Marcelo

Conozco a Marcelo Cruz porque estudiamos en la misma facultad, aunque con algunos años de diferencia. Con las personas de mi facultad suelo sentirme unida, quizá por eso de la memoria colectiva, siento que las conozco de toda la vida, y eso quizá se deba también a la identidad del espacio universitario que aunque en distintos momentos, cohabitamos.

Hace unos días le escribí para solicitarle un espacio para una entrevista en su programa cultural El galpón de los cuentos vivientes, pues estamos promocionando el libro que tradujo Juan Carlos del latín al español y que presentará ya en estos días. Apenas le escribí a Marcelo, me respondió con una invitación a la presentación de su libro Quisiera hoy ser feliz de buena gana, en la cafetería Tres Gatos.

Con ese título me acordé del poema de César Vallejo: "Quisiera hoy ser feliz de buena gana, / ser feliz y portarme frondoso de preguntas, / abrir por temperamento de par en par mi cuarto, como loco…"

Al abrir el libro de Marcelo, hallo de par en par la puerta abierta y paso. Se me antoja un diario personal y, en efecto, veo que menciona entre sus lecturas a Alberto Giordano, quien define el diario como una escritura de lo íntimo y lo cotidiano, un espacio donde se entrecruzan los libros, los amigos, los recuerdos familiares, los estudios y los estados de ánimo. En el caso de Marcelo, aparecen también sus años de estudio, su época en el diplomado, sus lecturas, sus relaciones y sus observaciones sobre la vida.

Marcelo escribe este libro con el corazón al desnudo, desde su memoria y sus lecturas. Recuerda, selecciona, vuelve sobre lo vivido y se pregunta: “La memoria es un cementerio de recuerdos, en dicho caso soy el sepulturero. ¿Por qué elijo unos recuerdos y excluyo otros? ¿O por qué elijo ciertos textos o autores sobre otros?”. Luego, como si una pregunta llevara inevitablemente a otra, vuelve a interrogarse: “¿Literatura o enfermedad?”.

Este libro está lleno de preguntas ante las cuales Marcelo ensaya respuestas, pero las respuestas no son más que puertas hacia otras interrogantes. Él mismo lo menciona y dice que quizá por ello optó por el periodismo como carrera. Hay en él una necesidad de preguntar, de mirar otra vez, de intentar comprender. Tal vez escribir sea también eso de no cerrar las preguntas, sino aprender a vivir dentro de ellas.

Testimonia desde su propia existencia, el yo que escribe no es idéntico a la persona real, es, más bien, una imagen de sí mismo que se va construyendo en la escritura, un yo que se repite y se contradice, que hoy piensa de una manera y mañana de otra. En este diario las contradicciones permanecen sin intentar resolverlas.

Al final entiendo el título del verso de Vallejo “Quisiera hoy ser feliz de buena gana” como una afirmación de felicidad o como el deseo de abrir de par en par el cuarto y dejar entrar la vida, con sus recuerdos, sus preguntas, sus insomnios y sus abismos.

 

jueves, 20 de agosto de 2026

Sedimentos de una avalancha



Hoy, hace unas horas, hubo un terremoto en Ayacucho. Me pregunto si en algún momento un terremoto afectará también a esta ciudad en la que vivo. Espero que no, aunque hemos arruinado tanto la naturaleza que estos desajustes son solamente respuestas a nuestra violencia. Hablo de esto porque en el título del libro que ahora leo encuentro la palabra “avalancha”. Quiero imaginarme cómo es una, qué tan rápido se mueve, qué materiales contiene.

Veo que el diccionario de la RAE define avalancha como una gran masa de una materia (usualmente nieve, hielo o rocas) que se desprende de un monte o vertiente y se precipita con violencia.

¿Qué mismo contiene entonces esta avalancha, La mañana zombi en avalancha, como se titula el libro de Vinicio Manotoa Benavides?

Encuentro que baja a mi mesa de lectura una avalancha de nombres de autores, como una genealogía para mostrar quizá cómo nacieron sus poemas a través de su oficio de lector incansable, de autores varios y disímiles. Llegan también, en avalancha, las formas posibles de hacer poesía. Son veinticuatro poemas largos, entre los que están:

"José Ángel Valente — "Valente contra sí mismo"; Augusto Monterroso — "Amor de Monterroso"; John Ashbery — "Ashbery"; Leonard Cohen — "Cohen"; Jack Kerouac — "Kerouac"; Mark Strand — "Strand"; Wisława Szymborska — "Aullido de Szymborska"; Paul Celan — "Celan en trayectoria"; Jaime Saenz — "Elegía a Jaime Saenz"; Ryszard Krynicki — "Ryszard Krynick o la vaca"; Bohdan Zadura — "Bohdan Zadura"; Piotr Sommer — "Piotr Sommer"; Andrzej Sosnowski — "Andrzej Sosnowski"; Marcin Świetlicki — "Marcin Swietlicki"; Marcin Sendecki — "Marcin Sendecki"; Harold Pinter — "Balada a Harold Pinter"; Wallace Stevens — "Wallace Stevens"; Juan de Dios Martínez — "Juan de Dios Martínez"; y Brian Dedora — "Lorcation, de Brian Dedora".

Además, hay cinco títulos que no corresponden a autores: "Especulaciones sobre la palabra poema (Fragmentos)", con un epígrafe de Carlos Drummond de Andrade; "Motocicleta", con el subtítulo "(o Hugo Mayo perdido en un cuarto anónimo de Guayaquil)"; "Paréntesis", con un epígrafe de Stéphane Mallarmé; "El mundo no se acaba", subtitulado "(Relectura de un libro de Charles Simic)"; y "Percusión", con el subtítulo "(o Eduardo Espina en una alambrada de púas)".

Es decir, una verdadera avalancha de lecturas en las que destacan la ruptura y el absurdo, como en Monterroso y Szymborska; la ciudad y la marginalidad, como en Kerouac y Cohen; los poetas polacos experimentales, como Krynicki, Zadura, Sommer, Sosnowski, Świetlicki y Sendecki; y la ruptura ecuatoriana, representada por Mayo y Juan de Dios Martínez. Hay también varios guiños entre los textos a otros autores, como Pedro Gil y Franz Kafka…

En medio de esta avalancha quedan sedimentos y materiales atrapados en mi memoria. Estos versos de "Especulaciones sobre la palabra poema", por ejemplo, son algunos de ellos:

 

“Como todo animal epistolario, el poema tiene muchas caras.

Poliedro salvaje que pocos han conseguido domar y que ha

tirado a cientos mientras despotrica.

No es caballo o erizo o medusa o petirrojo o iguana o pulpo

u odradek. La única forma que medianamente registra su

movimiento es el ouroboros.”

 

“No todo poema nos dice algo de la literatura y no toda

literatura se refugia en el poema. Se trata de una transacción

de negocios a carta cabal: un juego de suerte.”

 

“[Como si estuviera vivo, el poema es un protozoo mecánico

que no conoce la palabra extinción.]”

 

martes, 18 de agosto de 2026

Humor, ironía y crudeza

Una de las grandes voces de la literatura ecuatoriana regresa con una nueva  novela. Con la profundidad, la inteligencia y la delicadeza que distinguen  su escritura, Sonia Manzano Vela nos entrega Viento 

Con tanta expectativa y con tanto cariño leo este libro. Lo abrazo para sentirlo latir muy cerca de mi pecho; lo acerco a mi oído para escuchar cómo suena ese mar, para evitar que un fuerte viento arrastre las hojas secas y las aves que sobrevuelan ese cielo de la portada, con el sol descendiendo sobre el horizonte, no como una desaparición inmediata, sino como una lenta aproximación al final.

Luego leo los epígrafes de Remigio Romero y Cordero, Francisco Gabilondo, Carlos Argentino-Ricardo Río y Ernesto Licuona, tan disímiles y juguetones.

Leo este libro con la complicidad de conocer a Sonia Manzano Vela, no solo a través de su literatura, sino también como una mujer inteligente, bellísima y sonriente.

En este libro, la vejez es un territorio literario: el cuerpo envejecido, el deterioro, la enfermedad y la fragilidad. También la dignidad frente a ese deterioro; el asilo como espacio de encierro y convivencia, donde Irene conoce a varios personajes con los que surge el afecto y esa compañía tan necesaria. Nacen amistades como en un viaje, un viaje compartido en el que algunos compañeros de camino, tarde o temprano, deben partir.

Me he reído tanto con ese tono tan suyo que mezcla el humor, la ironía y la crudeza. ¡Qué habilidad la de ella al emplear estos recursos juntos para abordar un tema tan humano! El cuerpo que cambia, la soledad y el abandono, la memoria como refugio y también como carga, la muerte siempre presente, pero también la escritura como resistencia ante ella.

En realidad, son temas serios, dolorosos por demás, pero una buena dosis de humor hace que uno los digiera con deleite y avance por el libro. Me reflejo en Irene para darme una buena carcajada, pero también para preguntarme cuántos años son los que a mí me quedan entre la menopausia y la senilidad. Parece chiste, pero, si quieren, no es chiste. He rumiado tanto sobre estos temas desde mis duelos y mi propia soledad.

Sigo avanzando en la narración. Unas dos páginas antes, intuyo el final. Me detengo; no quiero saberlo. «Soñita, no lo haga, por favor», pienso, pero continúo. Cierro el libro y me quedo unas horas más en ese estado de resonancia.

La novela me sigue vibrando después de terminarla, sobre todo por ese final en el que, luego de tanto gozarla, me quiebro en un llanto que termina por asustar a mi gato, tan carnudo y lanudo como el gato del Alta Gracia.