El otro día solicité en la Biblioteca Aurelio Espinosa Pólit un libro de poesía. Me dio gusto saber que yo era la primera persona que lo había pedido: la tarjeta del libro estaba vacía y sus páginas estaban aún sin cortar. A la par, en mi casa, estaba leyendo un libro corto que tenía duplicadas algunas páginas. Pensé en estos dos ejemplares singulares como niños caprichosos.
Luego pensé en sus dedicatorias: ¿a quién dedicaría yo un libro si ya tuviera que despedirme de la vida? ¿A quién le pediría que lo conserve? ¿Y si sale caprichoso, quién lo cuidaría, quién cortaría sus páginas intonsas con un abrecartas?
Del libro de poesía ya escribiré en otro momento; hoy escribiré del libro corto. Este es un relato póstumo de Christa Wolf, se titula August y se lo dedica a su esposo, Gerhard Wolf. ¡Qué maravilla, qué lindo regalo de amor!, sobre todo por su historia conmovedora, que nos habla de aquellos recuerdos cuya duración no tiene ninguna relación con la huella que dejan.
August, el personaje de este libro, es un niño de ocho años que ha perdido a su familia durante la Segunda Guerra Mundial y es internado en un castillo que fue convertido en sanatorio para enfermos de tuberculosis. Allí conoce a Lilo, una muchacha de diecisiete años, de la que se hace amigo y quien cobrará gran importancia para su vida, pues, aunque en algún momento se separan, su recuerdo perdurará para siempre. Hay recuerdos como estos en la vida de una persona que valen una existencia entera.
August adulto se regocija en este recuerdo mientras conduce un autobús. El recorrido se convierte en un detonante que lo hace volver mentalmente al sanatorio y paladear sus recuerdos.
Pues, mientras conduce el vehículo en el presente, el viaje que August realiza lo hace en su mente hacia el pasado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario