domingo, 16 de agosto de 2026

"Nuestra piel muerta"

 

Escucho cómo la aguja araña el vinilo, hace tanto tiempo lo escuchaba en vivo cuando mi padre ponía los discos en la radiola. Hace tiempo y me niego a dejarlo morir.

La semana anterior, luego de descansar de la narrativa, me quedé con una sed extraña. Estaba en búsqueda de un libro de horror corporal. Luis, el bibliotecario, se apresuró a darme un libro de una autora que mencionó que le encanta. Era el libro Nuestra piel muerta, de Natalia García Freire.

Como Sonia, también de la biblioteca, sabe o intuye que me gusta el tema de la madre y del padre, me decía que en este libro se habla del padre. Y ya, con mucha expectación, me lo traje a la casa. Lo primero que me estremeció es la portada, en la que una araña está colocada sobre la espalda de una persona y varias manos parecen estar manipulándola. Me quedé inquieta con esa imagen, pues pienso que, así como la aguja del tocadiscos que araña la superficie del disco, así esta lectura iba a escarbar en mi piel. Además tengo un miedo patológico a los insectos.

Y, por supuesto, Nuestra piel muerta es un libro que bien podría no ser prosa narrativa, sino poética.

Lucas es el protagonista y narrador que reconstruye la historia de su infancia. Su voz se la siente como si te murmurara al oído su culpa y sus miedos. Miguel, su padre, está muerto, pero Lucas continúa hablándole, aunque esté muerto y enterrado en el jardín de la casa familiar. Le reprocha su proceder, esa autoridad tan extraña, tan impregnada y tan incompatible con su debilidad de carácter.

En este libro hay una relación escritura-casa-cuerpo. Una casa que ha sido tomada por personas ajenas, expropiada. Y esas personas no solo se adueñan de ella, sino que maltratan a Lucas, lo humillan y lo someten a trabajos duros.

Por último, hay una habitación-calabozo donde su madre es encerrada por un problema mental. Ella era quien cuidaba de los jardines con abnegación y, desde su ausencia, estos lucen tan llenos de insectos. La relación con los insectos a lo largo de la historia es perturbadora.

Imagino aquí a la muerte como una criatura lenta, arrastrándose sobre los objetos y los seres que nos negamos a dejar morir. En este punto me identifico con el protagonista: él y yo todo el tiempo resucitamos a nuestros muertos para pedirles cuentas, aunque su piel ya esté bien muerta y nosotros insistamos, con cierto morbo de criaturas huérfanas, en hacerla respirar.


jueves, 13 de agosto de 2026

Un viaje psicodélico

 

Ceniza De Rinoceronte | Cuotas sin interés 


Fui a la biblioteca; en estos días harán un conversatorio con el poeta Agustín Guambo y, a propósito de eso, su libro Ceniza de rinoceronte estaba tan a la mano. "Me lo llevo", dije, y me pasé el día entero leyéndolo. Esta poesía es de otro nivel, pienso.

Al leer su título allí, en la biblioteca, imaginé un cuenco lleno de cenizas de animales sagrados que, al combustionar, te vuelan; imaginé las plantas de poder capaces de llevarte hacia lo mágico del mundo andino.

Este libro es eso: un viaje hacia otro tiempo y espacio, caminando por pequeñísimos filamentos vibrantes de diez dimensiones o más.

Me adentro en él, no sin temor; me adentro en esta experiencia psicodélica en la que la voz poética va hacia el futuro sin abandonar lo ancestral ni el bagaje fundamental de su historia: su padre y su madre.

Anoto este poema:

En el poema «[.iii.]» de Ceniza de rinoceronte, Guambo (2025) escribe:

[.iii.]

a madre y padre
y el posfuturo de sus sangres

when tomorrow
tomorrow comes today
Gorillaz

la noche revienta sobre los cráneos de las flores la lluvia reposa en la caverna del cielo ¿escuchas? es la propagación del huracán atiborrado de nuestras almas ¡escucha el llamado de los andes! Yarukí y Punín donde madre danzó en medio de arcilla salobre [sombras vegetales que creciéndole íntimamente en el cráneo extraviaron la brújula de sus pesadillas y la destrozaron en medio del frío y la intemperie de una ciudad ajena a su sangre] mirando a su padre descender al sol del alcohol e inflamarse hasta blanquear su esqueleto... (p. 41)

Y en medio de esa travesía sobresaltada de imágenes, siento que todo se vuelve inestable: el cuerpo, la escritura, las palabras. Se transforman, se mezclan, se hibridan, se mestizan.

Hay que beber de este libro y hacerlo despacio, para poder gozar de todo lo que nos ofrece.

 

 

La anatomía de la Furia

 

Andrea Rojas Vásquez | ✨️ANUNCIO✨️ Este sábado estaremos en la Feria del  libro de la PUCE para hablar de este libro rabioso. ¿Vienen? 😊 | Instagram 

También algún día estuve en el amor rabiando con furia, bramando, quedándome y marchándome al mismo tiempo, huyendo y permaneciendo. A veces congelada en el instante de partir, sin atreverme a dar el paso, en un monólogo doloroso... En momentos así, bendita sea la poesía, bendito sea el poema, bendita la palabra.

Estuve leyendo Furia, el libro de poemas de Andrea Rojas Vásquez. Sus seis partes son como piezas de ese mecanismo llamado amor, pero de ese amor descuartizado y listo para el plato del poeta. En la primera, que se llama «Furia», así a secas, el cuerpo aparece como espacio del deseo, la herida que deja el abandono, la memoria.

Dice en distintos momentos de los poemas de esta primera parte: “Ya-te-habrás-desnudado, Ya-me-habrás-desnudado, Ya-me-habré-desnudado”. En ninguno de los tres versos la voz poética está corporalmente presente en el momento de la acción; los tres proyectan el cuerpo hacia un futuro ya consumado. Es algo que ya fue, pero que aún no sana: cuánto tarda en encostrarse / la pequeña herida / que dormita en tu dedo.

O este poema, que copio completo:

Ya-te-habrás-desnudado

ya asestarás enloquecido

tu puño contra todas las ventanas

de nuestra casa sin ventanas,

y destrozada

contra la nomenclatura del viento

cansada

de estar cansada de cansancio²

pensaré que tu mano es mi

mano

y tuyo el latigazo azul

en mis venas,

y es arrastrando

la piedra del cuerpo

que nos examinaremos

entrelazando los pies

bajo el diluvio en la ducha

temblando ambos

bajo una gota que lamerá

como cuchillada finísima.

Luego está «Furia de incendio», en esa misma tónica, escrito con esa furia de quien se va, pero le cuesta. En «Furia de albor», el recuerdo de lo cotidiano aún arde, pero la voz lo contempla desde la distancia con serenidad, despidiéndose: Te amé, me amaste. / Ahora te aman limpia y sosegadamente, / como lo hacía yo al principio. / Yo también duermo a veces con alguien. / Es extraño: aún hay algo que nos une / y al mismo tiempo / hay un vacío.

En «Furia Call me by your name», que es el más corto, quizá sea tanta la punzada del recuerdo que lo termina pronto, este es un dolor agudo.

En «Furia Casa vacía», es ya solamente la despedida de los espacios que habitaron, de los daños que quedaron: Tu cielo es mecerte envuelto en látex / en una habitación con luces de neón, / tu cielo es la transparencia de un vaso de plástico / del que beberán diez varones de pie a la vereda. / Tu cielo es bailar en habitaciones con música de fondo / y pedir que le bajen al ruido para hablar de tu novela. / Mientras la vida duele / y las preguntas arden, / el ibuprofeno / y la sabiduría de Google / son la mejor respuesta.

Y en «Furia Your soul», ya solo son las almas quienes dialogan, no sin dolor. Y es que en las despedidas quizá no duela el cuerpo, pero sí queda lacerada el alma: Estoy cansada de mi voz / que copula con la ternura y la derrota / No quiero volver a este espacio inacabado / donde la realidad es la sombra / que herida por la luz / se contrae.

Un recorrido honesto y desgarrador por las etapas del dolor, un dolor que solo puede arrancarse con la furia del poema, como si el poema fuera una cuchilla.