Escucho cómo la aguja araña el vinilo, hace tanto tiempo lo escuchaba en vivo cuando mi padre ponía los discos en la radiola. Hace tiempo y me niego a dejarlo morir.
La semana anterior, luego de descansar de la narrativa, me quedé con una sed extraña. Estaba en búsqueda de un libro de horror corporal. Luis, el bibliotecario, se apresuró a darme un libro de una autora que mencionó que le encanta. Era el libro Nuestra piel muerta, de Natalia García Freire.
Como Sonia, también de la biblioteca, sabe o intuye que me gusta el tema de la madre y del padre, me decía que en este libro se habla del padre. Y ya, con mucha expectación, me lo traje a la casa. Lo primero que me estremeció es la portada, en la que una araña está colocada sobre la espalda de una persona y varias manos parecen estar manipulándola. Me quedé inquieta con esa imagen, pues pienso que, así como la aguja del tocadiscos que araña la superficie del disco, así esta lectura iba a escarbar en mi piel. Además tengo un miedo patológico a los insectos.
Y, por supuesto, Nuestra piel muerta es un libro que bien podría no ser prosa narrativa, sino poética.
Lucas es el protagonista y narrador que reconstruye la historia de su infancia. Su voz se la siente como si te murmurara al oído su culpa y sus miedos. Miguel, su padre, está muerto, pero Lucas continúa hablándole, aunque esté muerto y enterrado en el jardín de la casa familiar. Le reprocha su proceder, esa autoridad tan extraña, tan impregnada y tan incompatible con su debilidad de carácter.
En este libro hay una relación escritura-casa-cuerpo. Una casa que ha sido tomada por personas ajenas, expropiada. Y esas personas no solo se adueñan de ella, sino que maltratan a Lucas, lo humillan y lo someten a trabajos duros.
Por último, hay una habitación-calabozo donde su madre es encerrada por un problema mental. Ella era quien cuidaba de los jardines con abnegación y, desde su ausencia, estos lucen tan llenos de insectos. La relación con los insectos a lo largo de la historia es perturbadora.
Imagino aquí a la muerte como una criatura lenta, arrastrándose sobre los objetos y los seres que nos negamos a dejar morir. En este punto me identifico con el protagonista: él y yo todo el tiempo resucitamos a nuestros muertos para pedirles cuentas, aunque su piel ya esté bien muerta y nosotros insistamos, con cierto morbo de criaturas huérfanas, en hacerla respirar.

