domingo, 6 de septiembre de 2026

Pachinko de Min Jin Lee

 PACHINKO

A pesar de que yo siempre opto por lecturas cortas, esta vez quise leer Pachinko, de la escritora coreano-estadounidense Min Jin Lee. A la par de esta lectura, estuve también con algunos libros de poesía, pues, al ser una novela tan voluminosa, me era imposible llevarla en el bolso, además de que no quería que se me estropeara, pues soy la segunda persona que solicita este libro en la biblioteca. Hubiera querido llevarla a Ambato, cuando fuimos a ver a los pintores, pero para el viaje llevé algo más breve.

Esta vez mi lectura fue muy pausada, pues también tuve algunas cosas que hacer por el inicio de clases y algún que otro compromiso, que nunca suelo tener, pero esta vez lo tuve. Leer pausadamente casi hace que se me termine el tiempo de préstamo del libro, pero, por suerte, pude entregarlo un par de días antes.

Leer pausado me hizo que la disfrutara más. Al principio me sedujo la ética de los personajes, el deber, la responsabilidad hacia el otro: Isak, cuando se entera de que Sunja está embarazada, reconoce su vulnerabilidad y decide acompañarla, no solo por agradecimiento por lo que ella y su madre hicieron por él cuando estaba muy enfermo, sino por cuidar, por hacerse cargo, incluso cuando hacerlo implica renunciar a la propia comodidad.

Sunja, en cambio, es el símbolo de la dignidad. Ella busca una vida decorosa, una vida autónoma en un mundo que constantemente intenta decidir por ella. Es valiente, no cede ante la oferta de convertirse en la amante de Hansu, a pesar de que él le ofrece seguridad económica para ella y su hijo. Sunja actúa de ese modo porque es fiel al pensamiento de su padre, Hoonie, que la educó con tanto amor.

Yangjin, la madre de Sunja, es también una figura clave que se mantiene hasta el final del libro. Ella representa el cuidado y el sacrificio materno, siempre está cuidando a otros, así también Kyunghee, que sostiene silenciosamente a su esposo Yoseb, que quedó inválido y sufre de dolores terribles en su cuerpo por las quemaduras.

Yoseb, que siente que debe cumplir de un modo responsable y patriarcal, aunque sus fuerzas no le den, termina aceptando que las mujeres de su familia trabajen.

Noa, el hijo de Sunja y Hansu, un joven tan conflictuado por el tema de la identidad y la pertenencia, que termina suicidándose por la vergüenza de vivir a la sombra de quien fue su benefactor y padre biológico, que él nunca terminó de aceptar. Noa sobrevive negándose a sí mismo, sintiéndose indigno.

Mozasu, el segundo hijo, es hijo de Sunja e Isak. Es una persona que se adapta y construye su camino de una forma práctica y logra, de ese modo, una vida acomodada.

Solomon es el hijo de Mozasu, es una nueva generación con otra visión. Yumi, que es la esposa de Mozasu, muere en un accidente, pero jamás se va de la memoria.

Etsuko, que cuestiona las normas sociales y transgrede mediante sus acciones, su hija Hana, que carga las heridas familiares.

Otro tema que atraviesa la novela es el conflicto entre Corea y Japón y la discriminación que viven los coreanos en Japón. La autora realizó una investigación muy extensa, entrevistando a muchos coreano-japoneses para conocer de primera mano sus experiencias. Cuenta esta historia desde la vida cotidiana de sus personajes: el trabajo, la pobreza, los prejuicios y la dificultad de pertenecer.

Y el propio pachinko, que es un negocio alrededor del cual gira la historia, representa las reglas del mundo que no podemos controlar; a veces perdemos y otras ganamos.

Me demoré en leerlo, pero lo hice sintiendo a cada uno de los personajes. A veces parecía que los hubiera visto y conocido de alguna parte; otras veces pensaba en ella como una sucesión de episodios. Luego me enteré de que fue llevada a la pantalla. Espero, en algún momento, poder mirarla y ver si los personajes que yo me imaginé se parecen a los actores del elenco.

 

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